Huracán

La tinta de las sentencias se difumina. Sangra
El catecismo que me he fraguado, tras noches de vigilia
Y años de una guerra no buscada.
Las pequeñas cosas que amaba, y eran jirones flotantes en las olas
No han desaparecido, pero titilan, ahora, con frialdad en la bóveda.

Ha irrumpido, tu cuerpo como un ciclón
Esos ojos tuyos, soñados, quizás por los poetas de Persia.
Unos ojos que ningún cabalista o inventor de versos
Osaría comparar a felinos o esmeraldas.
Ojos que brillan en la oscuridad mientras tus labios buscan los míos
Y se devanan en un torrente de olas y anclas.

Tus ojos, me miran bajo un ceño fruncido por la pasión por la vida
Tu sonrisa efímera arroja un leve halo de luz sobre las tinieblas de tu misterio
Nuestros cuerpos se buscan y se encuentran y entrelazan
Y tú, diosa, hechicera, destruyes ese panfleto idealista
Que años de guerra y desengaño escribieron.

La tinta de mi evangelio se difumina, sangra
Quizá del éxtasis de tu cuello.
Quizá de ahí nazca mi futuro tormento

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